Capítulo 4.2

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Eran las tres y media. Un poquito antes de la hora estipulada para que terminaran las clases.

Aunque todavía tenía que asistir a una clase más, se la había salteado ante la insistencia de Charl.

Al verlo cubierto de heridas recientes que habían aparecido de la nada, Charl lo miró sospechosamente.

“¿Por qué estás lastimado? ¿Tuviste una pelea con un león o qué?”

“No te preocupes por eso. Es sólo que Diana (1) está celosa.”

“Qué hombre incomprensible.”

‘Tú eres la incomprensible,’ él pensó. Gracias al capricho de Charl, Yaya estaba claramente de mal humor. Incluso ahora sus pupilas estaban inusualmente grandes, y tan oscuras como un lago profundo.

“Bueno, como sea. Ven conmigo.”

Charlo guió el camino, saliendo de la sala de conferencias. Como siempre, Sigmund estaba sobre su boina. Moviendo la cola de izquierda a derecha, lo hacía ver peculiarmente adorable.

Luego de salir, Charl siguió caminando sin hablar por unos momentos. Al dejar la calle principal, inspeccionaron por detrás del departamento de vocaciones técnicas, dentro de la arboleda, y en el patio trasero.

Sin importar cuánto buscaran, la única constante era más caminata. Aunque eligieron caminos sin señales de que alguien los atravesara, no encontraron nada.

Muy rápidamente, dos horas improductivas habían pasado.

Las farolas se habían encendido en las cercanías, y el sol había desparecido detrás de las paredes.

Con Yaya liberando instinto asesino, la situación se estaba poniendo inquietante.

Charl parecía que no iba a rendirse todavía. Llegando a camino desierto donde los restos de una autómata habían sido descubiertos, ella le dio una orden que apestaba de falso orgullo.

“Raishin, camina de un lado a otro por ese camino diez— no, veinte veces.”

“… ¿Es alguna especie de conjuro?”

“No seas absurdo. Es obvio que serás la carnada.”

Su respuesta fue la que esperaba. Harto, Raishin soltó un suspiro.

“Aunque Cannibal Candy aparezca, todo estará bien porque lo voy a derrotar. Así que sólo relájate y deja que te ataque. ¡Ahora, ve!”

“Me niego. Además, Cannibal Candy sólo sale a medianoche.”

“— ¿Dónde oíste esto?”

La fuente era el comité de disciplina. Yaya había traducido los documentos que Lisette le había dado, y así fue que Raishin obtuvo esa peculiar parte de la información.

De acuerdo a los documentos, Cannibal Candy sólo era activo desde la medianoche hasta el amanecer.

Además, nunca ha atacado autómatas dos días seguidos hasta ahora.

En otras palabras, lo que sea que Charl planeaba hacer, era prácticamente inútil.

“Eso es lo que la gente normal cree. Es por esa manera tendenciosa de pensar que el comité disciplinario y los de seguridad no han logrado producir resultados. No es necesariamente cierto que no empezará a atacar dos días seguidos, o que no aparecerá a esta hora.”

“… Esa es otra manera de pensarlo, supongo.”

Raishin se rascó la cabeza, profundamente preocupado. Charl estaba extremadamente entusiasta sobre esto. A este ritmo, lo forzará a inspeccionar con ella hasta la mañana siguiente.

Parece que no iba a poder lograr que ella se rindiera. Ideando un plan, decidió abordar el problema desde un ángulo distinto.

“Por cierto, ¿no dijiste que íbamos a salir en una cita?”

Charl lo miró sin comprender.

“¿No estamos en una cita?”

“No seas estúpida. No hay manera de que algo como esto sea considerado como una cita.”

“¿E-Estúpida? ¿Me dijiste estúpida? ¡Cuando señalas a alguien con los dedos, cuatro de ellos te señalan a ti!”

“Entiendo. En pocas palabras, no tienes amigos, ¿no?”

“Qué— yo— tú—“

“Apenas me conoces a mí, y aun así no tienes a nadie más a quien pedirle ayuda, por lo que me lo pediste a mí.”

Dio justo en el clavo. Muy ligeramente, lágrimas se formaron en los ojos de Charl.

“No seas tan engreído. ¡No necesito tu actitud de yo-lo-sé-todo, pervertido!”

“Salgamos en una cita— engañarme con palabras dulces para gastar mi tiempo y energía, forzarme a caminar grandes distancias, casi cruzo el río Sanzu (2), y me denuncias como un pervertido. Sí que eres una señorita increíble.”

“Sólo trataba de ayudarte. Es mi manera de agradecerte, acusarme de cualquier otra cosa es abusivo.”

“¿Huh, entonces sabías que acepté la oferta de Félix?”

Se quedó en silencio. Parece que sabía. Probablemente lo oyó en algún lugar u otro.

Si ese era el caso, entonces—

Raishin le echó un vistazo a Yaya. Para ser honesto, era reacio a hacer lo que iba a hacer…

“Basta de jugar a los detectives. Es hora de empezar apropiadamente con la cita.”

Charl se tensó al escuchar las palabras de Raishin. Yaya también se quedó congelada.

“No digas cosas sin sentido tan casualmente. Soy una persona ocupada, y no tengo tiempo de jugar contigo.”

“¿No fuiste tú la que dijo ‘Salgamos en una cita’? ¿O acaso la casa Belew es una familia que no cumple con sus palabras?”

La golpeó donde dolía. Los hombros de Charl se sacudieron con enfado.

“B… Bueno. Vamos a algún lugar entonces.”

“Bien. En ese caso, vayamos a la ciudad.”

“¿La ciudad— te refieres, afuera de la academia…?”

“Obviamente. Como el sol ya se puso, no hay nada que hacer dentro de la academia.”

Una mirada de pánico apareció en los ojos de ella. Titubeando mucho de repente, miró a sus pies.

“Pero si vamos a la ciudad, Sigmund…”

“Idiota. Como vamos a salir en una cita, nuestros autómatas no nos acompañarán.”

“Uu… ¡Sigmund, di algo!”

“Hm. No soy tan desconsiderado.”

Expandiendo las cuatro alas, voló hacia la cabeza de Charl.

“Esta es una buena oportunidad. Diviértanse.”

“¡Traidor!”

Parece que recibió el consentimiento de su guardián(?). Raishin tomó a Charl de la mano, arrastrándola mientras salían de la academia.




NOTAS DEL TRADUCTOR

(1) En la mitología romana, Diana era la diosa virgen de la caza, protectora de la naturaleza y diosa lunar.

En este caso, Diana está escrito con el kanji para Diosa Lunar, haciendo referencia a Yaya como la parte Luna de la serie Setsugetsuka.

(2) El río Sanzu (三途の川Sanzu-no-kawa), o Río de Tres Cruces, es una tradición y creencia religiosa de origen budista japonés similar al río Estigia. Se cree que en el camino hacia el más allá, los muertos deben cruzar el río, por lo que los funerales japoneses incluyen la colocación de seis monedas en el ataúd del difunto.

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