Capítulo 2.3

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Dentro de una de las habitaciones del dormitorio Gryphon, apenas después de la medianoche.

Henri estaba sentada en la cama abrazándose las rodillas, sin prender la luz.

La habitación de Charl era extremadamente grande, aun cuando estaba pensada sólo para dos personas. Había dos camas de dos plazas, y una mesa para cuatro. Había un gran escritorio para estudiar y suficientes libreros como para competir con una librería, así como dos confortables sofás. Todo provisto por el dormitorio.

Había trece autómatas protegiendo el lugar— con una guardia tan excesivamente detallada, la seguridad estaba más que asegurada. Era muy parecido a la sala de estar en la que Henri solía pasar el tiempo cuando era más joven.

La luz de la luna estaba fluyendo por la ventana abierta, cayendo sobre el escritorio. Un alfiletero, un carrete de hilo de bordar y un par de tijeras de costura quedaron iluminados por la luz, revelando la debilidad de Charl por la costura. Recordar este inesperado lado de su hermana hizo que Henri sonriera involuntariamente.

Sus ojos se posaron en las tijeras de costura.

El solemne brillo del metal y su fría, afilada cuchilla se destacaban.

Tragando saliva, Henri bajó de la cama.

Moviéndose como si la estuviera atrayendo irresistiblemente, su mano se extendió para tomar las tijeras como si la estuvieran tentando.

Las tijeras se sentían pesadas y duras en su mano.

Las tijeras centellearon con belleza. La respiración de Henri de pronto se agitó.

Era una herramienta pensada para cortar. Como un objeto, su único propósito era cortar y solamente cortar. Henri se la llevó al cuello. No estaba pensada para usarse sólo en tela, sino en piel, músculos, venas—

“¡Henri! ¡No!”

Se repente, le retuvieron los brazos con mucha fuerza.

La casera había entrado a la habitación en algún momento, y estaba sosteniendo los brazos de Henri con fuerza.

“¡S-Suéltalas!”

“¡No, no puedo hacer eso!”

Con gran facilidad, la casera le quitó las tijeras de la mano a Henri.

Henri se quedó en el piso, grandes gotas de lágrimas caían de su rostro.

“¡Sólo déjeme morir… por favor!”

“¡No dejaré que mueras!”

Pero no fue la casera la que rechazó la suplica de Henri.

Desde afuera de la ventana abierta, la voz de otra chica entró a la habitación.

La habitación era tres pisos de alto. Aun así la voz de la chica estaba emanando claramente desde afuera. Montada sobre un dragón, su cabello dorado revoloteaba con el viento mientras miraba directamente a Henri con fuego en los ojos.

Charl bajó de la espalda de Sigmund, saltando ligeramente por la ventana.

“¡Charl!”

Mientras Charl se acercaba a Henri, la casera se paró entre ellas con una mirada de enfado en su rostro.

“Finalmente volviste. ¿Qué estabas haciendo, corriendo en silencio de noche de esa manera?”

“… Lo siento, Señorita Zeth. Había algo que tenía que hacer sin importar qué.”

“Espero que después me cuentes tu historia con detalles. Tendré que reportarle esto a los de arriba después de todo.”

Luego de decir eso, la severa mirada en su rostro se relajó, y dio un paso al costado.

Charl irguió los hombros, y marchó hacia Henri con pasos valientes.

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Henri le dio la espalda, asustada. Charl la enfrentó,

“¡No hagas algo tan estúpido!”

De repente le gritó— luego la abrazó con fuerza.

“No… hagas algo… tan estúpido… por favor…”

La voz de Charl estaba temblando.

Aunque no era sólo su voz. Sus hombros y brazos también estaban temblando con ansiedad.

“… Dijiste que estabas aquí para traerme desgracia. Pero que me encuentre con mi hermana y saber que mi madre todavía está viva— ¡¿cómo puedes llamar desgracia a eso?!”

Sintiendo como su hermana se sujetaba a ella desesperadamente, Henri rompió a llorar.

“Lo siento… lo siento… lo siento…”

“No tienes nada de qué preocuparte. Todo estará solucionado mañana.”

“¡Lo siento…!”

“No te disculpes. Una vez que todo haya terminado, podremos vivir juntas otra vez. ¿Ok?”

Ya no podía resistirse más. Henri tomó a Charl de las manos mientras continuaba sollozando.

Charl siguió abrazando esos delgados hombros con fuerza.

Bajo el abrigo de la noche, alguien los estaba espiando.

Afuera de la ventana, más allá de Sigmund flotando en el aire, él se posaba sobre la rama de un gran árbol en el jardín.

Apoyándose contra el tronco, la sombra tenía los brazos cruzados. Aunque era de noche, estaba ocultando sus ojos detrás de lentes de sol. Su cabello estaba teñido de rubio platinado, su cuerpo era atlético y tenía una mirada intrépida en su rostro.

El hombre estaba emanando una extraña presencia, pero ésta era extremadamente suave. Incluso alguien como Sigmund no fue capaz de detectar su presencia.

Habiendo visto la situación que se desarrollaba dentro de la habitación, en silencio se desvaneció.

Hizo el movimiento de un salto, pero no hubo reacción de la rama en absoluto.

Lo único que quedó fue el silencio.




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